jueves, 17 de octubre de 2013

PARIS ROUBAIX, EL INFIERNO DEL NORTE



El infierno no puede estar en el norte...Como va a estar el infierno en el norte.

Me gustan los grifos termostáticos, ya me pareció cuando los descubrí allá por el 2010, mientras procuraba aprender un algo de fontanería, que aquello no era mal invento. Se ve que uno no tiene mucho mundo, pues de no ser por Marcelino y su fundación del metal a buen seguro que aún no sabría ponerles nombre...no se que sería de la fundación del metal, lo que si que es seguro es que mas de uno vivió gracias a ella y al cuento bastante mejor que mal. Eran otros tiempos.

Hablando ya en presente y metiéndonos de lleno en el mundo de la griferia, tampoco puedo decir que yo en este momento, después de hacer coincidir la flecha con la cifra mágica “39”, ni un grado mas, ni uno menos, esté ni medio mal. No existe mejor tónico para ayudar a recordar que elevar la temperatura corporal un par de grados por encima de la de su estado normal, dejar fluir el líquido elemento por la espalda y a la mirada perderse. Y es que, aunque este 22 de septiembre esté dando a estas horas sus últimos estertores, hace mas de una década que lo en él acontecido se ha engendrado, un parto quizás demasiado rápido para tan larga gestación.

No suelo comprar revistas, sus precios me parecen, por norma, abusivos para el contenido que luego te encuentras cuando quieres sacarles jugo, sin embargo este mes, una revista de tirada nacional acabó cayendo en mis manos, podría decir que por casualidad, pero casi nada de lo que me ocurre a mi, ni a usted, ni a nadie, sucede por casualidad. Fui informado de que acababa de ganar, sin querer, sin saberlo y, para mas inri, sin participar, el concurso mensual de turno y quería tener un ejemplar de tamaña rareza editorial...si alguien está pensando que gané por casualidad, tenga un no rotundo por respuesta, tampoco gané por casualidad, ya le digo que casi nada ocurre por casualidad...otra cosa es que nos callemos las explicaciones. Sea como fuere, cuando me enteré del asunto no pude evitar decir algo así como: ¡tiene cojones!

Siempre preferí tener los pies en la tierra, así que bien pude dar por bien invertidos los cinco euros de la revista en cuestión cuando el ingenio mecánico alzó el morro al viento y al viento comenzó a morrear. Ya saben que toca ahora, agacho la vista al papel y en la revista me decido refugiar. Y es que esto del low cost está muy bien, pero bien dudo que los multimillonarios magnates inviertan mas de lo justo y necesario en el mantenimiento de sus artilugios volantes. Llámenme troglodita y díganme aquello de que los precios son bajos porque las comunidades, el estado, o váyase usted a saber quien lo ha subvencionado, cuéntenme lo que quieran que yo les escucho, el que no les va a hacer caso es mi subconsciente, se lo garantizo, a mi tampoco me lo hace.

Una frase abre la publicación, la típica frase que uno lee una y otra vez cuando lee por leer, esa frase que sale debajo del título y que solo miras en momentos como este, pues esa frase:

“Pasamos la mitad de la vida perdiendo el tiempo y la otra mitad intentando recuperarlo”

Nos alzamos sobre el cantábrico ganando metros. Subimos a un ritmo inversamente proporcional al de los kilómetros que nos separan de Beauvais. Intento recuperar un tiempo que pese a que jamás se haya dado por perdido, por tan imaginado, bien se podría haber dado ya por vivido, pero como uno no es de los que guste de soñar con aquello que pudo haber sido y no fue, en las bodegas de este ingenio mecánico, otro ingenio, que bien pudiera ser calificado como “argadieyo”, si me permiten castellanizar tan acertado calificativo astur, viaja junto a nosotros. ¿El objetivo de este viaje?... recorrer los históricos pavés que dieron carácter de epopeya intemporal a uno de los mas históricos trazados ciclistas, componente de hecho y de derecho, de la selecta lista de monumentos del ciclismo: la Paris-Roubaix.

Amanece ya en en algún punto kilométrico de la kilométrica A 1. Nos desperezamos tras una noche en una habitación de hotel de carretera y de “a perrona”. Bohain en Vermandois será, al fin, la estación de comienzo de esta ruta, la de llegada para esta etapa vital. Las cosas no tienen mas importancia que la que se les quiera dar y a mi la “chorrada” que me ha traído hasta aquí me importa, vaya si me importa. La conquista del último gran anhelo infantil de este que padece de un síndrome de Peter Pan galopante pero aún por diagnosticar comienza cuando el jubilado de turno, a la caza y captura del cuarto de cuerpo de cristo, se interesa por mis intenciones para la dominical jornada. Aquí se vive el ciclismo y tan solo mencionar el binómio Paris- Roubaix basta para que el septuagenario palmee mi espalda, sabe de sobra que esta tarde no tendré el lomo para mucha broma, hace tres décadas él también partió de esta misma plaza con un anhelo idéntico al mio y aún no ha olvidado a qué sabe el pavé.

Las sucesivas pedaladas ayudan a descongestionar un cuerpo que durante horas emanará tensión por cada poro mientras afronta una lucha denodada contra el crono y el sol. 205 kilómetros me separan de Roubaix, 205 kilómetros sin tregua ni relevo, afrontados en una atípica temporada de altibajos ciclistas en la que apenas si he rodado 2000. Dos centenares de kilómetros que van consumiéndose a la vez que se consume esta dominical jornada otoñal. Y con la tensión blindando emocional y sensorialmente a estas piernas y a esta espalda que vibra en cada y con cada pavé, mientras las pupilas van filtrando cada rincón tantas veces escrutado tras el parapeto televisivo cae la noche de aquel día de septiembre.


Atrás queda una larga jornada de pedaleo cuando en penumbra, acoplado, emocionado y a tope, recorro la inmensa avenida que me da la bienvenida a Roubaix, giro a la derecha y allí está el velódromo. En la oscuridad de una noche de barrio, acompañado una vez mas de la soledad, intento paladear un momento al que parece que se le ha gastado el sabor. La presión de las batallas a cara o cruz suelen obligar a disfrutar de estos momentos un rato después de que hayan pasado, son gajes del oficio que ya no me pillan por sorpresa, será que uno ya se empieza a hacer mayor.

Salgo del velódromo esperando encontrarme con el dúo de damas que me han escoltado en coche durante buena parte de la etapa, que me han inyectado una buena dosis de optimismo cuando el sol amenazaba con cansarse de alumbrar, que una vez llegó la noche traidora tomaron su relevo sin dudar y que se han hecho a un lado hace escasos dos kilómetros, ante el impertinente envite del ingente tráfico de entrada a la ciudad. Estiro, las espero y vuelvo a estirar. Se ve que se han despistado y no atinan a llegar. Intento llamarlas por teléfono, aun a sabiendas de que el teléfono, desde que pasé junto al Molino de Vertain, no quiere llamar, será el roaming o a saber dios que demonios pasará...Estiro de nuevo, las espero y vuelvo a estirar...

Esto de tener sangre latina a veces hace a uno olvidarse de que las nueve y media de la noche en la frontera franco/belga no son las las mismas nueve y media de la noche que en España...debe ser por eso por lo que esta parece una ciudad desierta. Encima no encuentro ninguna cabina, no hay bares, no tengo ni idea de en que hotel se supone que vamos a dormir...y el tiempo sigue pasando. Aparece un individuo que me da poca confianza, y cuando digo que me da poca confianza es que me da mala espina, le pregunto donde puedo llamar por teléfono y me dice que allí imposible, a la vez que sigue caminando sin prestarme la mas mínima atención. Me doy cuenta de que la batallita todavía no se ha acabado, hay que ver que tontería, ya lo se, pero no se crea, después de mas de una hora de espera ya me empiezo a mosquear.

Meto la cartera en el lugar que considero mas seguro, dentro del culotte. Si, si, en la “güevera”, que como la pierda o me la roben entonces si que estamos listos, y empiezo a deambular. Como siempre, después de una jornada de concentración absoluta, de prever todos y cada uno de los imprevistos y de llevar control de todo lo controlable, se presenta el típico contratiempo de última hora. Antes, cuando me pasaba algo así, llegaba hasta a preocuparme, a día de hoy me encanta que pasen estas cosas, después de verme en mil situaciones del estilo acabé por darme cuenta de dos cosas: que antes o después siempre acaban por solucionarse y que estas son las cosas que dan verdadero caché a este tipo de “batallitas”. Son las grandezas que ni las carreras ni las marchas, por muy logrados que fueran sus eslóganes, ni rebuscados sus trazados, consiguieron darme jamás. Ahora se que aquella noche acabó muchas horas después mientras recordaba bajo una ducha caliente.

El tiempo, ese bien inmaterial que se nos escapa de las manos. Jamás entenderé por que el tiempo de un médico, de un futbolista o de astronauta vale mas que el de un fontanero, un carpintero o un electricista.

Gracias a algún fontanero anónimo y galo, conseguí tele transportarme y encontrar todas y cada una de las miguitas que marcaban el camino que había comenzado cuando un día, en un aula cualquiera de un extinto instituto descubrí con sorpresa que con aquello de Internet era mucho mas sencillo asomarse al Infierno, soñar con visitarlo solo sería cuestión de tiempo. De aquel aula me llevé algún buen amigo y una profesión, de Roubaix me marcho sabiéndome un poquito mas dueño de mi historia y convencido de que de existir tal infierno no puede estar en el norte.

“Erase una vez” será algún día el comienzo de un cuento que seguro que acaba de comenzar a escribirse en presente aquí o allá en este momento, será su protagonista quien decida como, donde y de que manera entonar el “colorín colorado”. El momento de viajar a Paris fué aquel, hoy hubiera sido, quizás, demasiado tarde. Y es que siendo un simple mortal siempre es demasiado tarde.

lunes, 22 de julio de 2013

GAMONEU

Gamoneu, como topónimo, hace referencia a una tierra de Gamones, planta tradicionalmente utilizada para saciar la voracidad del apetito del gochu*, criatura, por otra parte, que tantas hambres va apaciguando.

Y es que igual que del gochu se aprovecha todo, del gochu nos aprovechamos todos: come gochu el rey como come gochu el cortesano. También come gochu el artesano que, con manos ásperas, da forma a la que dicen los paladares mas críticos es, junto con el Cabrales, patrimonio intangible y tastiable* de la humanidad, una humanidad que hace tiempo dio la espalda al caótico terreno donde se esconden las majadas de la añeja factoría del Cornión, occidental de los macizos de aquellos vigías llamados Picos de Europa. Los rigores de una vida de anacoreta activo y las fauces de un can llamado lobo, algo habrán tenido que ver en todo esto, igual que algo tienen que ver en que el verde botella de las árgomas gane terreno al esperanza del pasto.

Allá en Vegamaor, donde el reloj hace un tiempo que se parece haber parado, una comitiva formada por yegua, mastín y pastor rompe la monotonía de la reseca vega en esta tarde de Julio en la que el sol cae a plomo y con saña sobre este recóndito rincón mientras que el siempre impertinente envite de la niebla ya hace un rato que ha doblegado los diques calizos de la garganta divina, inundando las profundidades bañadas por el Cares, igual que anega, hacia el norte, las tierras bajas de Onís  o de Cangas.

Uno, el que suscribe, junto con otra, a la que acompaña y quiere, dan buena cuenta de un lomo industrial de uno de esos gochos de los que antes algo dije, calmando la sed de sombra bajo el minúsculo alero de la troglodítica morada de aquel maestro anónimo y quesero. 

Antes de descargar los víveres para una semana, ata a la noble bestia a un endeble taco de seco castaño: seco por el sol y el tiempo, como siempre se secó la madera, cortado en menguante, como siempre se cortó la madera y subido a lomos de caballería, como siempre se subió la madera desde que se acabaron aquí los árboles, si es que algún árbol hubo aquí algún día.



Abre la puerta y bebe dos vasos rasos de agua. No utiliza la llave, para qué quiere llave si jamás peslla*, que dice fiarse de la bondad de los habitantes este mundo demente, pese a que cuando llegó a las alturas este junio pasado, los víveres brillaran por su ausencia y la leña guardada hubiera sido por algún sinvergüenza quemada. Quién sepa desde donde ha de traer la leña este pastor, se dará cuenta de que quien se la haya quemado bien pudiera ser catalogado de sinvergüenza mayor o de hijoputa avanzado, así, como suena.

Una vez dentro añade cuajo a la leche: de cabra, de vaca y de oveja, por supuesto, coge el tayuelu y se sienta bajo el quicio de la histórica puerta, desgastada ya la caliza de tanto abrirse paso el pastor hacia el calor del llar que oscurece las paredes unas veces, y que alumbra en las noches fugaces de verano las otras, aunque hoy lo que busque, en realidad, sea el frescor de la teja vana. 

Comienza la conversación. Y cuando comienza la conversación ya puede, amigo lector, hacerse a la idea de que de allí no se mueve nadie las dos horas siguientes… cuando decidimos, al fín movernos, la niebla habia ya tomado posiciones.

Y volver hasta Belbín en estas condiciones, no se vaya usted a pensar, que es una labor de las que pueden llegar a asustar…



He aquí una foto de una presuga, de un arniu y de un Gamoneu de un mes. Un Gamoneu del puertu, por supuestu.  Fotografía actual de una herramienta simple y ancestral, patentada por quién sabe quién, allá en tiempos pretéritos.

 Salú amigos.

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* gochu: cerdo/ pesllar: asegurar la puerta con la cerradura/ tastiar: saborear

jueves, 11 de julio de 2013

LOS BARAYONES DE LUARCA





Las historias han de llegar al papel, como el buen encurtido, previo reposo y lenta maceración. La que aquí comienza, pese a que ahora la intuyamos a color, nació en blanco y negro: el negro de la noche, el blanco de la nieve.

Y nevaba, vaya si nevaba… bueno, nevaba lo normal cuando nevaba, es decir, antiguamente, y es que hará de esto medio siglo, puede ser que menos, quizás algo mas. Qué demonios, tampoco sé si en este preciso y precioso momento caen copos, aguanieve o amenaza helar, la escarcha toma género superlativo cuando el frío se convierte en imperativo, así que lo mas que hacia quizás fuera hasta escarchar.

El amor, en tiempos de guerra es difícil, en tiempos de paz opcional, con dos décadas de vida a las espaldas crucial y con ocho al acecho, unas veces ya se ha agotado, las otras  vital.

El que se acerca a la casa trae las dos décadas al hombro y la que esperaba inquieta, que a estas alturas de narración y con aquello de la emoción, ya está casi saliendo por la puerta,  da por bueno aquello de que el amor sea crucial, cuando se le abalanza y le comienza a abrazar… y como abraza, el abrazo es tan contundente, que con el calor corporal y aquello del tema de que el sólido rápido pasa a líquido, casi se produce un efecto fundente. Con los veinte del uno mas los veinte de la otra, a punto están de hacer cuarenta, y para los de cuarenta…bueno para los de cuarenta no se muy bien que catalogación hacer del amor, pero para que rime, lo mismo alguna que lleve la palabra bragueta.

Se quieren, digo yo que se quieran… ¡como no se van a querer! el que sepa desde donde viene la parte contratante visitante a ver a la parte contratante local, rápido deducirá que algo de amor tiene que haber, de haberse evaporado por el camino de sobra tuvo tiempo para darse la vuelta. No penséis que a los novios les separan un par de kilómetros, no, eran unos cuantos, además de algún que otro collado.

Desde Vallemoru hasta Pedrosu da tiempo a rezar varios rosarios, componer media docena de canciones y hasta inventarse un par de sermones, así que fácilmente se puede pensar que si hubiera tenido vocación pastoral (de los que cuidan de todo aquel que esté bautizado, no de los que cuidan del ganado) en algún momento habría aflorado y a estas alturas ya no habría tenido falta de venir a cortejar. Pero como  el instinto manda y aquello de perpetuar la especie no es asunto banal, pues aquí está, hoy es hoy, mañana se irá. De momento nunca pensó en casarse, pero si hay que casarse se casará.

Ya le dije, amigo lector, cuando empecé a narrar, que no sabia si había comenzado a nevar, se había puesto a helar o si lo que hacia era escarchar, pero lo que si sé es que durante la noche nevó, nevó como siempre se recuerda que haya nevado a toro pasado, con saña. Nevó tanto que no hubo un rincón del portal donde la nieve no se hubiera ido a arremolinar.

Volver a casa es, más que opción, obligación, que tan importante como el cortejar es aquello de laborar.

-         Tonto de mi, malditas obligaciones, con esta nevada y no me acordé de traer  los barayones.

Eso no sé si lo masculló, lo esbozo, lo dijo o lo pensó: eso lo digo yo. Y sin barayones y con una nevada de tres pares de co…… tuvo que volver de Pedrosu  a Vallemoru.

El orden de los factores sí altera el producto en materia montañera, mas aún si hay que abrir huella con semejante modorra mañanera, así que piano pianito no le quedó mas remedio que ir limando metro a metrito, hasta que al fin llegó de nuevo hasta el umbral del llar, una batallita, que no por ser habitual, es de las fáciles de olvidar, no fue poco lo que hubo que batallar.



Pasó exactamente una semana hasta que se volviera a invertir el trayecto, mismo objetivo, mismo medio de locomoción: el pinrrel,  pero un escenario aún más hostil el que recibe al joven lebrel, y es que la nieve lleva siete días aferrándose al que desde entonces será su reino. Haber nacido en los veinte o treinta del siglo pasado, tiene las contras que todos sabemos, aunque a algunos ya se le hayan olvidado. De primaveras aún ni hablar, pero sigue tan vigente como la semana pasada el asunto de cortejar.

Aunque un hombre prevenido valga por dos, a Pedrosu la previsión llegó por cuadruplicado: un paisano, dos barayones y un pantalón de repuesto, que el otro acabó empapado. El paisano volverá mañana, regresará  dentro de una semana, los barayones también irán y vendrán con él.  Y así una y otra vez, hasta que por fin,  poco a poco, se vaya acabando la nieve.

No hay mejor señal para saber que llegó febrero que la del sol apuntando en cada reguero, y caudalosos bajaban los regueros con rumbo al Infierno cuando en aquel último viaje invernal los barayones no salieron del morral. Al fin la primavera había llegado, y ya sin nieve ni utilidad en el viaje de vuelta los barayones, en Pedrosu, por décadas se han quedado.

¿El propietario? el propietario también se acabó quedando. ¿No os decía yo que si se había que casar se casaba?, vaya si se casó… ¿y qué os dije del asunto de perpetuar la especie?... perpetuó, como no iba a perpetuar.

¿Qué como acabó la historia? Como todas las historias, fueron felices y comieron perdices, aunque bien es cierto que ahora dicen subir el tono de voz algunas veces. Alguna será riñendo, pudiera ser también por aquello de que aunque las orejas estén en continuo crecimiento, el oído es un órgano delicado y con el tiempo,  las cadenas de huesecillos, los yunques o los tímpanos ya no funcionen tan bien.

Y colorín colorado, si no hubiera sido por que me los han regalado, la historia de aquellos barayones, con alguna hoguera se habría acabado, pero ya en mi poder y una vez barnizados, difícil será que carcomas ni polillas se los puedan comer.


Dos trozos de madera si, dos históricos trozos de madera...si quieres recorrer los lugares por donde caminaron una y mil veces PULSA AQUÍ

sábado, 19 de enero de 2013

LANCE AMSTRONG, IGOR PUGACI Y UN CABÁS VERDE




Para toda esa gente que no cree en el ciclismo, para los cínicos y los escépticos, les digo que lo siento por ellos, que siento que no puedan tener grandes sueños, que no crean en los milagros. Esta es una carrera infernal, es un gran acontecimiento y deberíamos contemplar y creer en estos atletas y en esta gente…es un acontecimiento muy duro y se gana trabajando duro.

Palabras de Lance Amstrong en el podium del tour de Francia del año 2005.

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He cometido errores grandes, y hacer esas declaraciones es uno.

Extracto de la entrevista con Oprah Winfrey, año 2013



¿Qué cambió en ocho años? No cambió nada, Amstrong se ve acorralado y no tiene más remedio que confesar, de no haber ocurrido esto, el tejano hubiera pasado a la posteridad como el más grande de la historia del ciclismo, es lo malo que tienen las estadísticas, que son solo números. Dicen que no olvidar los errores es la mejor terapia para no volver a cometerlos…y digo yo: ¿Olvidamos la historia del ciclismo?, me parece que sería lo más razonable en este caso.

Dicen que siempre se te queda grabado qué estabas haciendo cuando recibes una noticia de esas que te marcan y servidor de ustedes, que no recuerda ni lo que cenó hace un rato ni sabe a ciencia cierta qué día fue ayer, no iba a saber qué hacia en aquel momento, sería pedir demasiado a este atrofiado entramado cerebral, pero recuerda, no obstante y a la perfección, que el día en que se destapó el escándalo del Festina se enteró de la noticia en Les Arriondes, mientras contemplaba estupefacto e incrédulo la televisión del café “El reloj”. (Reconvertido hoy, para el que no lo ubique, en sidrería, y rebautizado como“El Castañu”.

Hubo un tiempo en el que yo, cegado por la inocencia infantil, también fui un crédulo y fanático seguidor del ciclismo profesional, tengo en el desván varias arrobas de revistas de la época, con el Chava, Pantani o Cipollini de turno en la portada, recuerdos quizás, basura, tal vez. Creo que por fortuna, aunque quizás sea por desgracia, de un tiempo a esta parte apenas si sigo ya el deporte profesional, aquel día, en el café “El Reloj”, vería como se tambaleaban los cimientos de una religión, que se desmoronaran por completo solo sería cuestión de tiempo.

Siendo también niño, una tarde veraniega de aquellas que había antes, de las que duraban eternamente, lo único, y por extensión, más granado de la juventud Vallisoletana (de Valles, no de Valladolid), preparó una expedición de descubrimiento/exploración a las, por aquel entonces, para nosotros, desconocidas estribaciones del monte Cayón.

Yo, el mas pequeño de la partida de exploradores, no por ello el mas ligero ni menos precavido, me procuré provisiones para la larga jornada vespertina, el sol aprieta en altura y las pájaras sobrevuelan sobre los mas inexpugnables nidos, nunca se sabe.

Llevaba, pues, por y para ello, una mochila verde de bandolera, de las que todo el mundo rural llamó cabás durante generaciones, llegada a mis manos de manos de mi padre y a las de este de vete tu a saber que acuartelamiento militar, eran tiempos aquellos en los que la gente iba a la mili y en los que con la gente y de la mili solía venir algún souvenir del estilo.

Transitan el más joven, el cabás y el resto de lebreles a media tarde por el Pino, Sarrotelles, Baseyu… El menda, pequeño y gordinflón, sigue a duras penas el paso de la comitiva en terreno abierto…cuando se presenta un muro o alambrada en el camino la tensión se palpa por momentos. Bastante tiene uno con evitar romper la indumentaria de campaña como para andarse a cuentos de la mochila, el bocadillo ya está comido así que el cabás ya ha cumplido con su cometido.

Pasamos una, dos, diez, cien, mil, millones de alambradas. En una de estas noto como me engancho entre la longitud de uno de esos aceros traidores…¡que no se enteren!... ¡que no me vean!

Como soy el mas pequeño, y por ello el mas “pringao” en toda estructura piramidal e infantil que se precie, no voy a decir a estos que me acabo de enganchar, no se vayan a reír de mi, disimulo, tiro y les sigo sin perder mas de media docena de metros. Cuando, limando centímetro a centímetro, cojo al fin, el rebufo del último, me doy cuenta de que me falta la mochila… debió de quedarse enganchada en el alambre cuando tiré, como si lo viera.

Miro atrás, pero entre que ya llevaremos tranquilamente un centenar de metros caminados, que uno no levanta mas de cuatro palmos de altura sobre el terreno, que la mochila es verde, que la hierba también, que encima está alta y que para colmo no puedo dejar de mirar adelante por si acaso pierdo el ritmo de la comitiva, pues no la veo por ningún lado. Pero como lo primero es lo primero, y hay que ir al ritmo de los demás, pues de momento a lo que estamos, que la gloria es efímera. Ya iré algún día a hacer la mili, traeré una igual y aquí no se entera ni el tato.

Cuando llegamos al único escenario que por aquel entonces me resultaba familiar, es decir, el tramo de PI 6 que une Valles con San Miguel, la tranquilidad de saberme ubicado debió ser lo que hizo activar el cortocircuito neuronal que me hizo acordarme de la mochila. En realidad, fue este el primer momento en que me empecé a preocupar. Y claro, como uno no es que acostumbre a callar, no pude evitar insinuar a mis secuaces que la tragedia andaba pululando desde hacia un rato sobre la parroquia y que ya estaba yo barruntando que iba a llegar a alterar los mismísimos intrincados engranajes de la paz en mi domicilio familiar.

Siempre digo que no hay mejor cosa para conocer a una persona que haberse criado con ella, después de viejos todos somos lo suficientemente astutos como para saber hacernos pasar por quien no somos, sin embargo, de niños, cada cual es quien es y no hay ni el mas ínfimo lugar a dudas sobre los roles. No tardó, de esta manera, en requerir mí presencia en privado el mentiroso de la cuadrilla, que sería el encargado, por iniciativa propia, faltaría mas, de gestionar mi problema con la mochila frente a la autoridad paternal competente:

- Jorge, ven pa aca. ( y nos escondemos, ambos dos, al margen del resto, en la caleya que, partiendo de la Canga, llega hasta el Fenoyal)

Ante tamaña demostración de implicación en el caso, uno no podía mas que sentirse seguro y dejarse asesorar, para eso están los amigos hombre: mayor en altura, en edad, en bagaje y en capacidad neuronal, nada podía salirnos mal.

- Vas a decir en casa que de la que veníamos encontrámonos con tu tiu y los tus primos que pasaben en coche y disteyos la mochila por que te pesaba, que mañana cuando vengan ya te la traerán.

Dios mío, como este chaval pudo maquinar semejante trama… y sobre todo, como pudo ser tan caballero de compartirla conmigo, un fenómeno…¡este tío es un fenómeno! se ve que cuando uno tiene un problema, el chaval se involucra, debí pensar, mientras bamboleaba la cabeza adelante y atrás, rítmica y acompasadamente con una ligera flexión/extensión de hombros, señal inequívoca de que eso era justamente lo que se me había ocurrido a mi antes, a buena parte conmigo.

Nos unimos al resto del grupo que, respetando la intimidad de encausado y letrado se habían entretenido con algún caracol, lagartija, mirando a las nubes o vete tu a saber qué gilipollez del estilo y me dirijo a mi domicilio habitual por aquel entonces, mas habitual, si cabe, dos décadas después.

No tarda la encargada de la intendencia doméstica en interesarse por la mochila en cuestión, pero uno, que llevaba bien aprendida la lección, recitó así, como suena, el sermón:

- Na, ye que ….que nos encontramos con mi tiu y …..y…..que na…que como pesaba y eso….que y la di y que mañana si vienen y tal….que ya la traen.

¡Toma, toma y toma! No me confundí ni en una palabra, sin dudar y del tirón. Ala, un problema que me quité del medio:

- ¡mamaaaaaa!...¡voy a echar un partiducu con estos!

Pero pese a que los días de la época fueran tan largos, al final, hoy siempre acaba por dar paso a mañana…y llegó mañana y llegó mi tío…de la mochila mejor no hablar. Por fortuna no era precisamente el complemento en cuestión una prenda indispensable de las que se usen a diario, era mas bien una creación de esas que ahora llaman “de fondo de armario”, así que nadie se acordó de preguntar por ella y la cosa quedó “pa prau”.

Y pasó una semana y la siguiente, y al final, se ve que la economía familiar no era capaz de mantener un parque de mochilas demasiado extenso, la del ejército acabó por hacer falta y alguien se dio cuenta de que aún faltaba…ya sabéis lo que viene ahora ¿verdad?: ¡Ya está liada!

Preguntan a mi tío y el tío inocente, en lugar de inventarse algo y seguirme la corriente va y dice que no sabe nada. Yo, que pasaba por allí, al no contar con asesoramiento profesional las veinticuatro horas del día, no supe muy bien que contar y me pillaron en un renuncio, claro que me pillaron en un renuncio.

Sentí una sensación extraña cuando me di cuenta de que en mi casa se habían creído a pies juntillas aquella historieta y que les había engañado, supongo que sería vergüenza, quizás remordimiento.

Tendría por aquel entonces siete u ocho años y también recuerdo perfectamente como vi por la ventana de mi habitación el coche marrón de mi tío…parece que fue ayer. Se ve que fue ese otro de tantos momentos de los que marcan, un servidor de ustedes acababa de aprender una valiosa lección: si por coger el camino fácil dices una mentira y te descubren al rato malo, si pasa el tiempo y te descubren mas tarde peor, entonces tendrás un problema aún mayor.

Corría, aquel día la década de los noventa y un semidesconocido Lance Amstrong, enrolado en las filas del extinto Motorola, pasaba desapercibido en los puertos, consolidándose, en lo sucesivo, como rodador con una punta de velocidad que le permitió ganar varias carreras de un día y un mundial de ruta, por delante del mismísimo Miguel Indurain. Tras superar un cancer, en el año 96, volvería reconvertido en reputado virtuoso del molinillo cuando el alquitrán se tornaba píndio. Analizando esto con la perspectiva que da el tiempo, algo empezaba a no cuadrar.

Acababa de nacer, de todas formas, una leyenda de papel. Gracias a la mochila verde parto con dos décadas de ventaja sobre Amstrong, por aquel entonces este no había hecho más que comenzar a escribir la gran mentira de una vida ideal.

Conozco solo a tres Amstrongs, uno es trompetista y los otros dos un par de cuentistas. Del de la luna no voy decir nada, por que como nada se puede demostrar, para qué gastar saliva, pero no tengo yo del todo claro que haya llegado a alunizar. Para hablar del de la bicicleta, solo me pesa una cosa: ser un don nadie, sin poder para hacer ni deshacer y con derecho a poco mas que a pataleta. Alucinar no alucino con lo que cualquiera que entienda un poco de ciclismo imaginaba, alucino con la gente. Que se dopaba era mas que probable, que nadie quisiera creerlo demasiado duro, la sociedad necesita de algún espejo donde mirarse y no importa si para ello por el camino hay que jurar en balde.

Me da pena de quien le necesitaba para marcar el rumbo de su vida, parece mentira que haya tantos individuos de la especie mas evolucionada de las que habitan el planeta tierra incapaces de escribir su propia historia, sin dejarse influenciar por tamaña pandilla de titiriteros, pero sobre todo me da pena por todos los que quedaron de mentirosos, ensombrecidos y acallados por la voz del todopoderoso, todopoderoso por ser capaz de ganarlo todo, a la muerte y a los rivales. A veces también deberíamos escuchar a los perdedores, tan importante es el fin como los medios empleados.

La primera vez que fui a ver un final de etapa a los Lagos de Covadonga subí en una MMR sprint que había comprado cuando, en un estrategia financiera sin precedente, no fui de viaje de estudios, con la condición de que se me reembolsara el importe de tan codiciada actividad extraescolar, para llegar a la estratosférica cantidad de euros que suponía, para mi, en aquel comienzo de siglo, comprar una bici de carretera. Subí al borde del infarto y al bajar tuve algún conato de siniestro, al esquivar, como todos, el bamboleante paso de más de un viandante de entre los centenares que siempre repliegan al acabar una etapa como esta.

Entre los aficionados, siempre se cuelan gran cantidad de profesionales que bajan en bici hasta sus hoteles, en la Venta ó en Cangues. Fue así como, antes de llegar a Sotu me ataja un corredor del Saeco que no conozco, me pregunta si sé donde queda su hotel y mientras se lo explico y disimuladamente miro su nombre en el dorsal: Igor Pugaci…

- Va, menudu chepu, a esti no lu conocen ni en casa, pienso en aquel entonces.

Nunca mas supe de Pugaci hasta el momento en que, rebuscando en Internet para escribir en esta entrada correctamente su nombre, veo que en aquella vuelta del 2001 completó tan solo las seis primeras etapas, el mejor puesto que hizo fue precisamente en la quinta y, para él, penúltima etapa, con final en los Lagos de Covadonga, entró en la 31ª posición. Al día siguiente abandonaría en Torrelavega, quizás pasó factura el sobreesfuerzo de la víspera.

¿Sabéis que os digo?, que a día de hoy no hubiera pensado aquello sobre el amigo Pugaci, haber si resulta que, como tantos otros anónimos que pasan por el pelotón profesional sin pena ni gloria, nunca ganó nada por jugar limpio.

Ya lo dijo Amstrong:

- ¿Hubieras hecho cualquier cosa por ganar?
- Si, ganar era importante, todavía lo es.

domingo, 13 de enero de 2013

Historietas de bar,legislación cervecera y un dolor lumbar




Si la escalera tuviera peralte seguro que no se hubiera hecho necesario girar el tronco de semejante manera. Si el frenazo no hubiera controlado por un instante la deriva sobre el descansillo, hubiera roto los dientes contra la pared. Si la curva, en lugar de noventa, tuviera ciento ochenta grados, el quiebro hubiera quedado hasta elegante…y si la 1516 no tuviera semejante graduación…bueno, si la 1516 no tuviera semejante graduación seguro que ya no estaríamos aquí a estas horas.

Esquina suroeste, Centro Gallego, Ginebra, Suiza, 12 de la noche del día 12 de Agosto del 2012.

Uno al límite de la vertical, el que suscribe haciendo el balance macroeconómico y el desglose sectorial del producto interior bruto de la grande y libre y el tercero en cuestión, de cuyo nombre no me quiero acordar, venga convidar y venga convidar. Entre los tres una grande, una muy grande. No llevo cuenta, pero debemos de llevar aquí unas cinco horas…a un promedio de una cada veinte minutos, hacen tres a la hora, que por cinco horas hacen quince, que por tres tíos hacen…bueno, llevaremos un metro cúbico o así, que mas da 10 litros arriba que abajo. El deportista de vocación, a diferencia del de profesión, se puede permitir licencias por un día de forma esporádica y hoy nos estamos aplicando al pie de la letra la teoría.

Si ha conseguido, amigo lector, reconstruir la situación, capear el chaparrón literario y completar del tirón la lectura de la aberración superior, en forma de triple renglón de dudosa utilidad, si lo que desea es dar continuidad a la vida útil de su parque móvil neuronal, pensará, después de dejar macerar, filtrar y serenar el contenido, que uno acostumbra a engrasar, por poco mas que nada, la epiglotis con cebada. Traidor lenguaje verbal, que rápido deja a uno mal. Sabe bien, quien me conozca, que no hay nada mas lejos de la realidad, pero a veces a uno le lían y ya está liada, que le vamos a hacer.

Acabamos de recorrer varios centenares de kilómetros en bici alrededor del macizo mas mediático de los Alpes, disfrutando sin prisa de uno de esos medios de locomoción, reconvertido en deporte y a la postre devaluado a la vista del gran público, por la simple razón de servir de espejo para una sociedad competitiva, mediocre y necesitada de héroes, en la que importa mas el fin que los medios y sin prisa y casi sin darnos cuenta hemos iniciado, hace ya unas cuantas horas, la cuenta atrás que pone fin a esta travesura ciclista.

Lo que más me gusta de este tipo de actividades, es que no es una línea en el suelo la que marca el final, la historia se acaba cuando tú quieras acabarla. Quizás se debería fomentar mas el deporte/aventura que el deporte/competición, como ya casi todos sabéis, a un servidor de ustedes, al menos, le parece la visión más romántica y auténtica de la actividad deportiva, considerando esta como escuela de vida y “atrapamiedos” personal.

Al final, esta batalla, como todas, está ya dando los últimos estertores cuando el sueño se apodera de mi conciencia, mientras espero un artilugio volador que me devuelva en busca del norte de uno de los pocos lugares donde, pese a ser, a la vista de lo visto, reducto bananero, el plátano sigue gozando de buena salud y cierto prestigio.

Aquella noche, por primera vez en la vida, dormiría literalmente encima de la bici, la 1516 hará que las protuberancias de los cóndilos férreos de las bielas conocidas como pedales, la cornamenta, potencia y demás partes vitales de la máquina en cuestión se amolden, como por arte de magia, encontrando acomodo entre las mil y una contracturas lumbares que, sin saberlo, se iban apropiando, en las horas sucesivas, del espacio existente entre la máquina y el inconsciente maquinista.




Algún dolor de espalda después, y varios masajes mediante, rebuscando entre la marabunta de fotografías telefónicas, un domingo de enero y madriguera, como hoy, me encuentro con el documento gráfico de tamaño atentado contra la ergonomía, me hecho unas risas y aprovecho para desentumecer la yemas y dar unos golpazos a las teclas.



Discúlpenme por haber gastado unos minutos de sus vidas en leer tan absurdo episodio vital, aunque viendo como está lo meteorológico y con qué nos deleitan los de la pequeña pantalla, a veces gilipolleces como esta tampoco vienen tan mal.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Tour del Mont Blanc en btt.Las Huellas de Sausurre. Pedaleando entre gigantes.

las huellas de Sausurre. Pedaleando entre Gigantes. from jorge fernandez on Vimeo.

Algún dia me pondré con la crónica (bendito seas tiempo libre), de momento y para hacer boca, tras el estreno en la semana de la montaña del grupo de montaña Vízcares, llega a ciclomonteando el video de la última batallita alpina.

Horace Benedict de Sausurre está considerado como el padre del alpinismo, ilustre burgués, ginebrino de adopción, geologo y naturalista, siempre gozó de una vida acomodada, que le permitió realizar múltiples viajes por entre los mil y un valles alpinos.

Con apenas dos décadas de vida, visitó por primera vez el valle de Chamonix, de donde volvió maravillado por la inexpugnable atalaya que derrama sus gélidas lenguas glaciares hasta llegar a lamer, casi literalmente, a la actual capital mundial del alpinismo. Extasiado ante tamaña imagen decidió intentar acceder a su cumbre, la cual estaba vista por los lugareños como un lugar inaccesible y maldito (el pico mas próximo al Mont Blanc se llama, aún, Mont Maudit) internándose entre el intrincado trazado de los glaciares que conformaban las murallas defensivas del gigante, hasta llegar, una y otra vez a cotas sin salida que le hicieron desistir de su empeño y ofrecer una recompensa a quien fuera capaz de encontrar el punto débil de cualquiera de aquellas paredes heladas.

Hubieron de pasar 26 años para que alguien, al fín, encontrara un pasillo hacia la cumbre y solicitara la recompensa. Un día de Agosto el doctor Michel Paccar, y el buscador de cristales Jaques Balmat, abririan el historico trazado de Grands Mulets y hollarian la cumbre de la Montaña Blanca. Casi 365 días después sería por fín Sausurre, un cuarentón Sausurre, el que llegara a la cumbre de la montaña de sus sueños.

Pasaron veintisiete años hasta que al fín consiguió alzarse hasta la cumbre, pero Sausurre no perdió durante este tiempo el contacto con el macizo que tantas y tantas horas de sueño le consiguió arrebatar. Fue así como Horace Benedict dejara constancia de la primera travesia realizada alrededor del macizo del Mont Blanc, esa travesia que a día de hoy está considerada como una de las mas apreciadas por los fanáticos del treking.

El que suscribe, paradojas de la vida, despistado como nadie en efémerides variopintas, recibió como regalo por su vigesimeséptimo cumpleaños el libro que recoge la crónica que Sausurre hace de su ascensión al Mont Blanc. 27 años eran en aquel momento, para mi, una vida (ahora tengo veintiocho así que allá se anda…) y leyendo este empezó a rondarme la cabeza la idea de trazar una ruta que siguiera las huellas de Sausurre en su tour del mont Blanc.

Este video cuenta dos historias: la de dos personajes anónimos que dos siglos después del maestro, recorrieron, en bicicleta, un camino paralelo al de este cuando dio la vuelta al mas majestuoso de entre los macizos alpinos y la de la primera ascensión al Mont Blanc, la mole que desde las orillas del lago Leman se ve romper contra el cielo cuando el turquesa da color al fugaz estio centroeuropeo. La primera historia del alpinismo, quizás la mas bonita historia alpinismo.